Hay una paradoja en el corazón de la obra de Pablo Atchugarry (Montevideo, 1954) que solo se comprende cuando se está frente a sus esculturas: el mármol, materia de una dureza milenaria, se convierte en sus manos en una sustancia casi ingrávida, atravesada por una luz que parece venir de dentro de la piedra. Atchugarry no esculpe formas: esculpe la luz que las habita. Y esa operación, que podría quedarse en el terreno de lo puramente estético, adquiere en su caso una dimensión ética cuando se comprende que su proyecto más ambicioso no es una escultura individual, sino una institución: el Museo de Arte Contemporáneo Atchugarry (MACA), la obra total a la que ha destinado los últimos años de su vida.


El encuentro de Atchugarry con el mármol tiene algo de destino revelado. A los once años, una lección escolar sobre Italia y el mármol de Carrara —el mismo que usó Miguel Ángel— le dejó una marca que tardaría casi dos décadas en comprender. En 1979, con veinticinco años, viajó a Carrara y tuvo lo que él mismo describe como “un encuentro apasionado”. Allí esculpió su primera obra en mármol, La Lumière, sin tener, según sus propias palabras, “la más pálida idea de cómo hacerlo”.
Lo que distingue a Atchugarry de otros escultores abstractos es su negativa a delegar el trabajo físico. Mientras gran parte de la escultura contemporánea se apoya en máquinas de control numérico y equipos de asistentes, él reivindica el contacto directo con la materia: “Sin tecnología, sin máquinas de control numérico, para que todo pase por el circuito virtuoso de la mente, el corazón, los sentimientos y todo ello traducido a través de las manos”. Sus manos, con las marcas y callos que muestra con orgullo, son la garantía de que la suavidad de sus formas no es un efecto superficial sino el resultado de una lucha prolongada con la piedra.
Esa suavidad, por tanto, no es un punto de partida sino una conquista. Las curvas que parecen flotar en el aire son el producto de un cuerpo que trabajó contra la resistencia del mármol durante meses, a veces años. El curador Gabriele Simongini describe su investigación como una “escultura biomórfica”, formas verticales que imitan el crecimiento y la fuerza de la naturaleza. Atchugarry esculpe como crecen las plantas: hacia arriba, buscando la luz. “Tal vez mi obra busque las mismas cosas”, reflexiona: “la luz, el cielo, la libertad”.
De la fundación al MACA: la obra como infraestructura
En 2007, cuando ya tenía un prestigio internacional consolidado —exposiciones en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, el Museo Groeninge de Brujas, el Museo de los Foros Imperiales de Roma—, Atchugarry tomó una decisión que muchos consideraron una locura: crear una fundación en Manantiales, un paraje de Maldonado que por entonces era poco más que campo y silencio. El objetivo no era erigir un monumento a su propia obra, sino crear un lugar de encuentro entre el arte uruguayo y el arte internacional, un espacio que descentralizara la cultura de Montevideo y diera a los artistas locales lo que él había tenido que conquistar lejos de casa.
Ese proyecto inicial creció hasta convertirse, en enero de 2022, en el Museo de Arte Contemporáneo Atchugarry (MACA). Diseñado por el arquitecto uruguayo Carlos Ott —el mismo de la Ópera de la Bastilla—, el museo ocupa un predio de 40 hectáreas con siete salas expositivas, un cine, un teatro, una biblioteca, un anfiteatro al aire libre y un parque de más de 75 esculturas. La inauguración fue un acontecimiento político y cultural: tres expresidentes uruguayos —Lacalle Pou, Sanguinetti y Mujica— asistieron a la apertura de una muestra de Christo y Jeanne-Claude, la primera de la pareja en Sudamérica.
Lo que hace del MACA una obra singular no es su escala ni su programación, sino su modelo de acceso. La entrada es gratuita. La ANEP (Administración Nacional de Educación Pública) declaró de interés educativo sus programas, que desde 2008 vinculan el museo con escuelas de todo el país. En un continente donde el arte contemporáneo suele ser un privilegio de élites urbanas, el MACA se define por lo contrario: es inclusivo, no exclusivo. Atchugarry lo resume con una frase que revela la dimensión política de su proyecto: “El Museo es la obra más completa que yo he realizado”.
La obra total y su contradicción productiva
Hay, sin embargo, una tensión que atraviesa todo el proyecto de Atchugarry y que conviene nombrar. Su escultura celebra la lentitud, el trabajo artesanal, el contacto directo con la materia. Su museo, en cambio, es una infraestructura de escala industrial: 5.000 metros cuadrados de arquitectura contemporánea, una agenda internacional de exposiciones, festivales de música electrónica que atraen a 4.000 personas. La fundación que empezó como un taller y una sala de exposiciones es hoy un centro cultural que compite con la agenda playera de Punta del Este y ha transformado el paisaje de la zona.
Esta contradicción no es un defecto: es la condición misma de la obra. Atchugarry no puede esculpir el MACA con las manos, pero lo ha construido con la misma lógica que aplica a sus mármoles: seleccionando la piedra —en este caso, el arquitecto, el equipo, el programa— y dejando que la obra crezca según sus propias tensiones internas. El MACA es su Pietà laica, su Abbraccio cosmico institucional: una forma que empezó siendo un sueño y que se ha materializado en un espacio que pertenece a la comunidad.


Conclusión: la luz como derecho
La obra de Atchugarry, vista en su conjunto, plantea una pregunta que pocas trayectorias artísticas se atreven a formular: ¿qué pasa cuando un artista decide que su obra más importante no es un objeto sino una institución? La respuesta, en su caso, es que la suavidad del mármol se convierte en una metáfora de lo que el arte puede hacer por una sociedad: abrir un espacio donde la dureza de la vida cotidiana se vuelve, por un momento, atravesable por la luz.
Sus esculturas no son monumentos a la belleza abstracta. Son ejercicios de resistencia contra la gravedad, contra la dureza, contra la indiferencia. Y el MACA, con su entrada gratuita y sus programas educativos, es la extensión lógica de esa resistencia: la convicción de que la luz que Atchugarry talla en el mármol no pertenece a los coleccionistas que compran sus obras, sino a cualquiera que se acerque a mirarlas. En un continente donde el acceso al arte sigue siendo un privilegio, esa convicción es, en sí misma, una posición política.

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