Visité la exposición Tauromaquias de Sofía Torres Prida en el Museo de Arte Moderno de Santo Domingo el mes pasado, pocas semanas después de su inauguración el 25 de junio de 2026. Llegué con cierta prevención: la tauromaquia es un tema que en el Caribe suele generar incomodidad, y temía encontrarme con una apología estetizante o, por el contrario, con una condena panfletaria. Lo que encontré fue algo mucho más perturbador y, por ello, mucho más valioso: un conjunto de fotografías en blanco y negro que no me dijeron qué pensar sobre la tauromaquia, sino que me obligaron a verla en toda su contradicción. Torres Prida lo había advertido: “Mi intención nunca fue decirle al público qué pensar sobre la tauromaquia. Quise acercarme a ella desde la fotografía y la investigación para comprenderla como un fenómeno cultural e histórico complejo“. Y esa complejidad, en su obra, se manifiesta como una tensión entre la belleza del gesto y la barbarie del acto, entre la dignidad del oficio y la tortura del animal.
La decisión de trabajar exclusivamente en blanco y negro no es un gesto menor. En un contexto donde la tauromaquia se vende al mundo como un espectáculo de color —el oro y el grana de los trajes de luces, la sangre que tiñe la arena, el sol de la tarde—, Torres Prida despoja a la corrida de su epidermis cromática y la reduce a su estructura esencial. El blanco y negro, en sus manos, funciona como una sustracción deliberada: elimina lo accesorio para que lo fundamental —la tensión, el cuerpo, la violencia— emerja sin mediaciones.

Recorriendo las salas, comprendí que esta elección técnica responde a una necesidad ética. A través de una cuidada fotografía en blanco y negro, desfilan escenas de la lidia, retratos de toreros relevantes como Morante de la Puebla o Emilio de Justo, sin dejar de lado el papel de la sastrería, la ganadería o la religiosidad. El blanco y negro iguala lo sagrado y lo profano, el vestuario y la carne, el rito y el matadero. Todo adquiere la misma densidad, la misma gravedad. No hay jerarquía entre el torero y el caballo ensangrentado, entre el sastre que borda un traje y el picador que clava la vara. Es una nivelación visual que tiene consecuencias filosóficas: si todo es igualmente digno de ser fotografiado, entonces todo es igualmente cómplice.
El Torero y su Círculo: La Construcción Social de un Sacrificio

Uno de los hallazgos más incómodos de la exposición es la atención que Torres Prida presta a lo que podríamos llamar el ecosistema social de la tauromaquia. La artista documentó la tauromaquia desde sus dimensiones menos visibles: talleres de sastrería, ganaderías, cuadrillas y comunidades que sostienen esta tradición. No se trata de un gesto meramente documental. Al fotografiar al sastre que borda el traje, al ganadero que selecciona al toro, al mozo que abre la puerta del chiquero, Torres Prida revela que la barbarie no es un acto individual de un hombre frente a un animal, sino un sistema.
El torero, en estas imágenes, no es un héroe solitario. Es el punto nodal de una red de complicidades que incluye a empresarios, apoderados, críticos taurinos, público y, por supuesto, al Estado que subvenciona las plazas. La tauromaquia, nos muestra Torres Prida, es una industria del sacrificio, y el torero es su empleado más visible, el que pone el cuerpo —y el de otros— para que la maquinaria siga funcionando. La artista se detiene también en los momentos previos al rito: el vestuario, la concentración, los gestos mínimos de quien se prepara para una ceremonia de vida o muerte. Esos instantes, tienen una cualidad litúrgica, casi sagrada, que contrasta brutalmente con lo que vendrá después en la arena. En esa intimidad del preparativo se revela la paradoja del oficio: un hombre común, con miedos y rutinas, se transforma en el ejecutor de un sacrificio que no eligió individualmente, sino que le fue transmitido por toda una cultura.

Esta dimensión social de la exposición resuena con los parámetros que hemos trabajado en Studio Nereus: el arte como factor de conocimiento, como nos enseñó Distéfano; la materialidad como memoria. Torres Prida fotografía las cosas de la tauromaquia —el traje, la espada, la muleta, la sangre seca en la arena— no como objetos inertes, sino como sedimentos de una historia compartida. La tauromaquia, viene a decirnos, no es un espectáculo que ocurre; es una estructura que persiste, transmitida de generación en generación, de Sevilla a Lima, de Lisboa a Santo Domingo.
La Barbarie Explícita: El Cuerpo del Toro como Campo de Batalla
Y entonces llega lo inevitable. Porque por más que Torres Prida evite el juicio moral explícito, hay imágenes que se resisten a la neutralidad. El blanco y negro, que en otras imágenes servía para estetizar, aquí funciona como un revelador de verdad: no hay color que distraiga, no hay rojo que convierta la sangre en espectáculo. Solo hay carne, hierro y muerte.
La exposición de Torres Prida, en este sentido, se inscribe en una larga tradición de representación de la tauromaquia que va de Goya a Picasso, pero la subvierte. Goya denunciaba la barbarie con la ironía de La tauromaquia; Picasso la celebraba con la mitología del Minotauro. Torres Prida no denuncia ni celebra: muestra. Y al mostrar, sin filtros, la tortura del animal, obliga al espectador a confrontar aquello que la cultura taurina suele ocultar tras el lenguaje del arte, del rito, de la tradición. Sus fotografías no son bellas a pesar de la barbarie; son bellas porque la barbarie está allí, porque el blanco y negro las convierte en documentos de una contradicción que no se resuelve. El toro, en estas imágenes, no es un símbolo. Es un cuerpo convertido en campo de batalla donde se inscriben las tensiones de una cultura.

Conclusión: El Puente Inquietante
Sofía Torres Prida define su proyecto como un intento de abrir “desde el Caribe un puente de ida y vuelta; un diálogo visual y conceptual que invite a reflexionar sobre los profundos vínculos históricos, estéticos y simbólicos que entrelazan a América y Europa”. Es una formulación generosa, casi diplomática. Pero las imágenes que cuelgan en el MAM son todo menos diplomáticas. Son incómodas, ambiguas, perturbadoras. Y en esa incomodidad reside su valor.
La exposición no resuelve el debate sobre la tauromaquia. No podría hacerlo, y sería un error intentarlo. Lo que hace es algo más valioso: nos muestra que la tauromaquia es un hecho cultural total, en el sentido antropológico del término, donde se cruzan la economía, la religión, la política, el arte y, por supuesto, la violencia. Torres Prida fotografía ese cruce sin tomar partido, pero también sin permitirnos la huida. Al salir de la sala, no sabía si condenar o comprender. Y esa incertidumbre, creo, es exactamente lo que la artista buscaba. Porque el arte, no está para darnos respuestas, sino para hacernos mejores preguntas.


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