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BITÁCORA DEL FUNDADOR

Fiesta de las Cruces Altos de la Alianza, Tacna - Ph Roro Nereus

Capítulo I — La cámara como pasaporte

No recuerdo haber decidido ser fotógrafo. La fotografía simplemente estuvo allí desde el principio.

Tenía seis años cuando tomé por primera vez una cámara entre las manos. Era una Alita 120 que pertenecía a mi madre. En aquel momento no imaginaba que ese pequeño objeto me acompañaría durante gran parte de mi vida ni que terminaría llevándome a recorrer continentes, conocer culturas y construir una forma particular de entender el mundo.

Durante mi adolescencia, la cámara encontró su primer territorio natural en la escena musical underground de Buenos Aires. Mientras muchos buscaban retratar el espectáculo, yo me sentía atraído por lo que ocurría alrededor del escenario: los ensayos, los camarines, las conversaciones, los gestos que nunca llegaban al público. Allí comprendí que una fotografía podía contar mucho más que aquello que aparecía frente al lente.

Esa búsqueda me llevó a la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, donde cursé la Licenciatura en Artes Plásticas con especialización en Lenguaje Plástico y Estética, además del Profesorado en Xilografía. Más que aprender técnicas, descubrí que toda imagen es una construcción cultural y que el arte constituye un lenguaje capaz de explicar una época.

Al finalizar mis estudios surgió una oportunidad inesperada: un contrato con el Bureau of Arts de Melbourne, en Australia. Durante un año participé en proyectos editoriales desarrollando diseño gráfico, maquetas de libros y fotografía documental sobre el territorio australiano. Muchas de aquellas imágenes formarían parte de publicaciones turísticas que buscaban mostrar un continente tan vasto como diverso.

Australia me enseñó que viajar no consiste únicamente en desplazarse entre países. Significa aprender a observar de otra manera.

Ese aprendizaje continuó en Barcelona.

Ingresé a Bassat Ogilvy como asistente de fotografía y, con el tiempo, pasé a integrar equipos de producción fotográfica y scouting para pasarelas de moda. La cercanía cotidiana con modelos, diseñadores y equipos creativos me permitió desarrollar una mirada basada en la confianza y el respeto por la persona detrás de la imagen. Aquella experiencia abriría posteriormente las puertas para colaborar en producciones vinculadas a firmas internacionales como Victoria’s Secret, Bordelle y otras marcas del universo de la moda y la lencería.

Al mismo tiempo, Barcelona despertó otra vocación que terminaría acompañándome durante muchos años: el mercado del arte.

Comencé a trabajar como marchand, llevando a España la obra de pintores, grabadores y escultores argentinos. Cada exposición era mucho más que una operación comercial; era un ejercicio de diplomacia cultural. Descubrí que una obra podía viajar miles de kilómetros y seguir hablando el mismo idioma de quien estaba dispuesto a contemplarla.

Aquellos años también estuvieron marcados por encargos para campañas y producciones de empresas como SEAT, Cinzano, Freixenet, Alexander McQueen, Chanel y Carolina Herrera. Paralelamente inicié mis primeros trabajos de fotografía documental para la revista L’Óvarie, donde recuperé el placer de observar la realidad sin las limitaciones de la publicidad.

Con el tiempo comprendí que la fotografía nunca fue solamente una profesión.

Fue mi pasaporte.
Un idioma compartido.
La herramienta que me permitió entrar en mundos completamente distintos y descubrir que, detrás de cada historia, siempre existe otra historia esperando ser contada.

Capítulo II — El lenguaje de los mercados

Existe una idea muy extendida según la cual el arte y las finanzas pertenecen a universos opuestos. Durante años escuché que la economía era el territorio de los números y que la cultura era el de la sensibilidad. Sin embargo, mi experiencia terminó demostrando que hay un puente muy solido entre ambos mundos.

Después de graduarme como economista en la Universidad de São Paulo (USP), inicié una nueva etapa dedicada al desarrollo de negocios internacionales. Comencé asesorando a grandes empresas brasileñas del sector de materiales para la construcción, acompañando procesos de expansión hacia nuevos mercados y comprendiendo cómo las cadenas de producción, la logística y el comercio internacional pueden transformar economías regionales.

En 2007 viajé por primera vez a Foshan, en China. Aquel viaje marcó un punto de inflexión. Abrimos una oficina para fortalecer el vínculo entre América Latina y Asia y, desde allí, comenzaron años de trabajo en sectores tan diversos como la industria, las energías renovables y las tecnologías de valorización energética de residuos (Waste to Energy), la energía fotovoltaica y la energía mareomotriz.

Fue en ese contexto cuando asumí la representación de White Westinghouse Plasma Corp en Perú, Argentina y Uruguay. Al principio pensé que el desafío consistía en comercializar tecnología y capacitar equipos técnicos. Con el tiempo comprendí que el verdadero trabajo era otro: hacer viables los proyectos.

La diferencia es enorme.

Una tecnología puede ser extraordinaria, pero sin un modelo financiero sólido nunca llega a convertirse en una realidad. Lo mismo ocurre con un museo, un festival, una editorial o un centro cultural. Las ideas necesitan estructura, confianza y mecanismos capaces de transformar una visión en una inversión sostenible.

Esa comprensión me llevó a profundizar mis estudios en finanzas mediante una especialización desarrollada a través del Instituto Neumann con formación académica de la Universidad de Yale. Allí me especialicé en instrumentos financieros aplicados al desarrollo de proyectos internacionales: bonos, garantías, cartas de crédito, estructuración financiera y administración de activos en fondos de inversión y plataformas de alto rendimiento.

Durante los años siguientes participé en la estructuración y viabilización de proyectos en distintos continentes, colaborando con gobiernos de América Latina y África, instituciones financieras internacionales, fondos de inversión y entidades bancarias como UBS, Barclays, HSBC y, posteriormente, First Abu Dhabi Bank.

Con visión de largo plazo y proyectos capaces de generar impacto me acerco nuevamente al mundo de la cultura. Trabajando en modelos donde las inversiones podían respaldar iniciativas vinculadas con la sostenibilidad, la preservación ambiental, el patrimonio y las industrias culturales y creativas. La cultura dejaba de ser un gasto para convertirse en un activo estratégico de desarrollo.

Mi última etapa en el sistema financiero transcurrió en Emiratos Árabes Unidos, trabajando junto a First Abu Dhabi Bank. Desde allí tuve la oportunidad de observar de cerca uno de los proyectos culturales más ambiciosos del siglo XXI: la construcción del Louvre Abu Dhabi.

Más allá de la arquitectura o del prestigio del museo, lo verdaderamente revelador fue comprender la magnitud de la planificación necesaria para convertir una visión cultural en una política de Estado. También fue una oportunidad excepcional para conocer el funcionamiento del mercado internacional del arte, establecer vínculos con coleccionistas, galerías e instituciones de Medio Oriente y Hong Kong, y observar cómo la cultura puede ocupar un lugar central dentro de una estrategia de desarrollo nacional.

Mirando hacia atrás, entiendo que aquellos años nunca me alejaron del arte.

Por el contrario, me enseñaron que detrás de cada museo, de cada bienal, de cada festival, de cada biblioteca y de cada proyecto editorial existe una arquitectura invisible compuesta por planificación, cooperación, financiamiento y confianza.

Comprender ese lenguaje cambió para siempre mi forma de pensar la cultura.

Hoy sé que una buena idea necesita sensibilidad para nacer, pero también necesita estructura para perdurar.

Y esa convicción es, quizás, uno de los pilares más importantes sobre los que se construye Studio Nereus Cultura: tender un puente entre la creación artística y los mecanismos que permiten hacerla posible, sostenible y capaz de generar transformación en la sociedad.

Capítulo III — Elegir un puerto

Después de muchos años viviendo y trabajando entre América, Europa, Asia y Medio Oriente, comprendí que todo proyecto necesita un lugar desde donde mirar el mundo.

En 2018 ese lugar pasó a ser Uruguay.

La decisión no respondió únicamente a razones personales. Fue una elección estratégica. Situado entre Argentina y Brasil, dos de los principales mercados culturales de América del Sur, Uruguay reunía condiciones que resultaban difíciles de encontrar en otros países de la región: estabilidad institucional, seguridad jurídica, capacidad logística y una reconocida tradición democrática.

Pero había algo más.

Uruguay posee una escala humana que permite experimentar. Es un territorio donde las ideas pueden desarrollarse con cercanía, construir comunidad y, al mismo tiempo, proyectarse internacionalmente. Esa combinación transformó al país en el espacio ideal para comenzar una nueva etapa.

Desde aquí empezamos a pensar la cultura no como una sucesión de eventos, sino como un ecosistema.

Nacieron laboratorios culturales donde artistas, investigadores y profesionales de distintas disciplinas podían encontrarse para desarrollar nuevas ideas. Continuamos realizando ensayos fotográficos documentales y editoriales, siempre con la convicción de que la imagen sigue siendo una herramienta para comprender la identidad de los territorios.

También comenzaron proyectos que, a primera vista, parecían pertenecer a mundos diferentes. Encuentros de automóviles clásicos, apoyo a pilotos de drift, producciones audiovisuales y experiencias vinculadas al deporte motor.

Sin embargo, detrás de cada iniciativa existía la misma pregunta:

¿Cómo construir comunidad a través de una pasión compartida?

Con el tiempo comprendí que la cultura también habita en esos espacios donde las personas se reúnen para conservar la memoria técnica, celebrar el diseño, compartir conocimientos o transmitir una tradición.

Uruguay dejó de ser únicamente el lugar donde vivíamos.

Se convirtió en el puerto desde el cual comenzar una nueva navegación.

Capítulo IV — Cuando las ideas encontraron un nombre

Cada proyecto desarrollado a lo largo de los años parecía pertenecer a una disciplina distinta.

Durante mucho tiempo pensé que eran caminos paralelos pero con el tiempo descubrí que todos conducían al mismo lugar.

Fue en Uruguay donde esa idea terminó de tomar forma y recibió un nombre: Studio Nereus.

Desde esta plataforma comenzaron a desarrollarse iniciativas que buscaban fortalecer las industrias culturales y creativas desde una perspectiva integradora. Nacieron nuevos festivales, programas audiovisuales, espacios de formación y proyectos de circulación cultural que entendían el territorio como un punto de encuentro y no como un límite.

Uno de esos proyectos fue NEREUS ALT FEST, el primer festival de música alternativa de la Costa de Oro, concebido como un espacio para visibilizar artistas emergentes y acercar nuevas propuestas musicales a una región tradicionalmente alejada de los grandes circuitos culturales. Con el tiempo, el proyecto incorporó la participación de músicos nacionales e internacionales de jazz, rock y música electrónica, consolidando una red de colaboración que trascendía el propio festival.

Al mismo tiempo desarrollamos producciones audiovisuales y eventos deportivos vinculados a TNT Sports en Chile, ampliamos la representación de artistas y creadores, y pusimos en marcha un departamento dedicado a la distribución de cine independiente. Gracias a esa iniciativa, películas de distintos países comenzaron a recorrer salas, centros culturales y espacios comunitarios de todo Uruguay, acercando nuevas miradas a públicos que muchas veces permanecen fuera de los grandes circuitos comerciales.

Cada uno de esos proyectos confirmó una misma convicción.

La cultura no necesita concentrarse en las grandes capitales para generar impacto. Puede nacer en pequeñas comunidades, crecer mediante la cooperación y proyectarse hacia el mundo cuando existe una red que acompaña su desarrollo.

Hoy Studio Nereus Cultura continúa construyendo esa red.

No como una empresa dedicada a producir eventos.

No como una agencia de comunicación.

Sino como un Network Internacional para la Cultura y las Industrias Creativas, convencido de que el conocimiento compartido, la cooperación y la creatividad constituyen algunos de los recursos más valiosos para el desarrollo de nuestras sociedades.

Después de tantos años recorriendo distintos continentes, comprendí que el verdadero viaje nunca consistió en cambiar de país.

Consistió en aprender a conectar personas.

Y esa travesía, en realidad, recién comienza.

Estamos disponibles para conversar sobre alianzas, apoyo cultural, representación artística, distribución audiovisual y cooperación internacional por TELEGRAM o envia un mensaje a studionereus@protonmail.ch